jueves, 31 de enero de 2013

la obsesión como arte


 Bernardí Roig. "El coleccionista de obsesiones".
Museo Lázaro Galdiano.
C/ Serrano, 122.


            La Fundación Lázaro Galdiano, cuyos fondos incluyen monedas, medallas, armas y armaduras, cuadros… todo dentro del estilo clásico-renacentista nos sorprende por albergar la exposición de Bernardí Roig (Palma de Mallorca de 1965), fuera de todas las líneas de este museo.
            Quizá algo más que llama la atención es el hecho de que la muestra presenta 17 obras en los espacios de la Fundación (8 obras son inéditas y otras 2 están reformuladas para esta exposición), totalmente integradas; dibujos, esculturas, un libro de luz, un molde escultórico, un tablero de imágenes y una película rodada especialmente para esta exposición, todo esto demuestra una gran unidad.
            Centrándonos en esta exposición “El coleccionista de obsesiones” (la primera exposición que hace el museo de un artista vivo), es una muestra concebida por el propio artista y el comisario José Jiménez como un diálogo abierto, el diálogo de lo que para el artista significa una colección, atesorar conocimiento, almacenarlo y mostrarlo en la casa del coleccionista, por eso, resulta que al final no es tan rara la idea de exponer la exposición conjunta a la que ya hay en el Lázaro, sino que es un buen sitio para exponer la propia casa del coleccionista.
            La impresión que nos causa esta exposición es total incertidumbre e innovación, esto lo vemos por ejemplo en la escultura que está adaptada a un nuevo espacio abierto al público por primera vez, en el sótano, concretamente el pasillo lleno de estanterías de números antiguos de la revista Goya, lo cual es una paradoja, ya que fue publicada por el propio museo, como decía Roig, es un “almacén de conocimiento que espera la luz”, pero esta idea de usar nuevos espacios no se usa solamente aquí, sino que la muestra recorre salas y espacios que no forman parte del recorrido expositivo habitual del museo como es la denominada sala de las armaduras, los jardines o una de las terrazas exteriores del museo
            Sería conveniente decir lo que Roig dice sobre sus propias obras y es que “dialogan con el espacio que ocupan, ya que con su presencia activan el lugar. Se disponen en función de la arquitectura y sus elementos; los suelos, las esquinas, las columnas y la luz. La idea es que esa presencia en el espacio sea capaz de crear el vacío para que así los límites de la obra sean los límites del espacio que la contiene”. Una vez situada la figura en el espacio, el artista considera que aparecen otros elementos que ayudan a sostener la narración, “Por último, aparece el espectador que con su mirada fertilizará el sentido de todo lo que esté ocurriendo. Es el que activa el relato porque no hay mirada que modifique con su presencia aquello que mira”.
            Estamos en una época de cambios en el modo expositivo, y aquí nos encontramos con una de ellas, varios son los cambios, uno de ellos, como ya hemos hablado antes es el uso innovador de las instalaciones, otra es que podríamos hablar de un arte total, también es digno de mencionar la luz (usando focos de teatro en la que tan solo se ilumina la obra). Además el artista intenta empatizar con nosotros, la sensación desde que entras en los jardines es agobiante por decirlo de alguna manera, y a mi entender, ese efecto se logra por completo con el vídeo en blanco y negro y el iluminado (simulando sus estatuas) que recorre solo todo el museo.
            Pero al igual que empatiza con nosotros en este sentido, también se podría decir que el propio título de la exposición es una manera de darse a conocer, de descubrirse ante nosotros dándonos a conocer sus temores y obsesiones personalizadas en las estatuas.

La obsesión del proceso creativo


EL COLECCIONISTA DE OBSESIONES
Bernardí Roig
Museo Lázaro Galdiano – 25 enero al 20 mayo de 2013-01-30

Carmen Bárbara García Rodríguez

La exposición de la obra de Bernardí Roig en el interior del museo Lázaro Galdiano no es la primera en la que su obra entra en contacto con el entorno y los fondos de un museo clásico. La gran colección que atesoró José Lázaro Galdiano cuenta con grandes obras de la pintura, escultura, grabado, artes suntuarias, y todo tipo de curiosidades que resultaban del interés de un gran coleccionista de su época; y se relacionan en este proyecto con los objetos de interés de Bernardí Roig, con sus obsesiones, que nos encontramos materializadas a medida que recorremos el palacete de Lázaro Galdiano. Su obra se despliega de un modo marginal, aunque en contadas ocasiones interrumpe el paso del espectador o modifica su recorrido, invitándonos a inspeccionar y buscar su huella en el museo, en los rincones menos transitados del jardín, asomándonos a la ventana, y abriendo espacios vedados a los visitantes, -como el sótano en el que se amontonan los ejemplares de la revista Goya-. En esta ocasión el comisario, José Jiménez, propone crear un “espacio compartido”, un continente de las obsesiones de estos dos coleccionistas, con una visión personalísima del arte.

Bernardí Roig nos muestra su colección de cabezas en  cuerpos rechonchos con el torso desnudo y los pantalones desabrochados, que recuerdan a las primeras figuras de yeso a tamaño real de George Segal (1924-2000), con esa apariencia impersonal y melancólica. Pese a su enorme similitud en apariencia, al contrario que Segal, Roig parece poner el acento en sus figuras estandarizadas, desviando nuestra atención de los particulares objetos que las rodean.

El hiperrealismo de estas figuras se aprecia en su enorme gestualidad, fruto la reacción ante una luz fluorescente tan fuerte que resulta cegadora, en clara deuda con el austriaco Franz Messerschmidt (1736-1783). Desde el hombre que nos cierra el paso a una sala cuyos ojos están ocultos tras una barra fluorescente, hasta el individuo del sótano que intenta chupar una bombilla, atraído hacia ella como un mosquito. Pero donde resulta más evidente esta obsesión por la ceguera y el contraste entre la deslumbrante luz y la oscuridad total es en el video que él mismo protagoniza en el interior del museo, Ejercicios de invisibilidad. Caracterizado de forma algo siniestra y acorde a su interés por la estética del varón gordo con alopecia, recorre el museo de noche, con los ojos grapados y con una única luz sobre su cabeza de tal intensidad, que en lugar de guiarle le ciega más aún. De fondo, una distorsionada balada de Elvis Presley, que pareciera más bien un zumbido que una canción de amor, se expande por las salas como un eco sepulcral, inquietante y terrorífico.

Donde podemos ver más claramente los intereses del artista es en su “Tablero de imágenes”: un gran mural de recortes, fotografías, dibujos y bocetos de todo tipo permiten realizar una lectura conceptual de la obra de Roig, de sus intereses, sus deseos, su inspiración y su entorno más cercano.

Se trata de un proyecto muy personal que permite el acercamiento al coleccionista como individuo, y convierte el hecho de coleccionar en algo diferente: una recopilación de los fantasmas y los deseos del yo más profundo que se manifiestan de las más diversas formas. Es también una suerte de recorrido a la inversa en el proceso de creación artística de Bernardí Roig, quien hace del coleccionismo, la acumulación y el pensamiento obsesivo una brillante metáfora del proceso creativo.



Lo obsesivo como inspiración.




“El coleccionista de obsesiones”.
Bernardí Roig.
Del 25 de enero al 20 de mayo de 2013.
Museo Lázaro Galdiano.
 

 Carolina López Sánchez


Lo obsesivo como inspiración. 


La exposición El coleccionista de obsesiones consigue poner en relación a Lázaro Galdiano y Bernardi Roig, dos personas no coetáneas pero que comparten una fuerte pasión por el coleccionismo. El discurso expositivo consigue traspasar las fronteras anquilosadas del arte como algo cronológico. Ambos personajes son presentados como coleccionistas de obsesiones, puesto que coleccionar es en sí mismo un acto obsesivo y compulsivo.
El artista, hablando de sus obsesiones, hace una confesión muy significativa: “Debo decir que viví obsesionado, obsesionado en acumular líneas, líneas que fuesen un rostro; viví obsesionado con la idea de que ese rostro me pudiese contar algo de mí”. En las obras de Roig se pueden ver las diferentes obsesiones que, desde que comenzó a formarse, le han servido de inspiración. Obsesiones que actualmente encontramos condensadas en la muestra.
El museo Lázaro Galdiano tiene unas grandes ansias de acercarse a lo contemporáneo. Esto es algo que Bernardi sabe hacer, ya que junto a Marina Núñez inundó la Catedral de Burgos de arte del siglo XXI, dando así una nueva imagen a un espacio histórico-artístico y acercando el arte contemporáneo a diferentes esferas. 
Bernardi Roig no pretende adulterar el significado de las obras expuestas (aunque a veces es imposible no hacerlo), sino que las sitúa en los márgenes de las salas o en lugares poco habituales. En palabras del propio artista, las obras: “dialogan con el espacio que ocupan, ya que con su presencia activan el lugar. Se disponen en función de la arquitectura y sus elementos; los suelos, las esquinas, las columnas y la luz”. Por ello el espectador, guiado por la luz, tiene el deber de estar atento para ir descubriendo las esculturas a medida que se adentra en los diferentes espacios expositivos.
Uno de los espacios expositivos más espectaculares es el parque. El artista juega con  la naturaleza y los elementos propios del parque para establecer sus esculturas, como el árbol del que cuelga Ejercicios para parecerse a Fabio Zanchi.
De entre los matorrales aparecen unos pies desnudos, de pronto nos encontramos con lo inesperado: un cadáver. Se ha cometido un crimen y nosotros acabamos de descubrirlo, como la película Blow up, a la que el artista Bernardi Roig ha hecho un magnífico guiño.   Esos pies desnudos nos remiten claramente a los pies de Cristo, que han sido elemento de inspiración para el artista y que son recurrentes en sus obras.
En el almacén, junto a centenares de catálogos de la revista Goya, surge de forma insospechada la escultura Practices to suck the light. Esta obra tiene concomitancias con la película Edad de oro de Buñuel, directamente remite a la escena en la que una mujer chupa compulsivamente los dedos del pie de una estatua. A su vez, la obra de Buñuel tiene grandes componentes de erotismo y sexualidad, que de igual forma atraen y obsesionan a Bernardi Roig. Hay que destacar que en 2010, Bernardi Roig, junto a otros artistas españoles, participó en la Exposición “El ángel exterminador: a room from Spanish contemporary art”. Por ello, es plausible el hecho de que Bernardi Roig aluda a la obra del cineasta Luis Buñuel.
En el tablón de recortes aparecen mezcladas y resumidas todas las obsesiones del artista: el erotismo, el sexo, la muerte y la calvicie.  Es interesante el concepto de la muerte que tiene el artista: “no podemos prescindir de la muerte, la muerte nos es absolutamente necesaria: es el principal mecanismo”. La muerte como origen y final de la vida, así aparece en el panel.
El artista ofrece al espectador la posibilidad de sentirse un voyeur, llegando a gozar del placer obsceno de contemplar estas fotografías que han sido parte de su estímulo creativo. 

miércoles, 30 de enero de 2013

Todo es sexo y paranoia


El Coleccionista de Obsesiones – Bernardi Roig
Museo Lázaro Galdiano – del 25 de enero al 20 de mayo, 2013

Mariana Cancela Moreira Leite

El primer impacto no se olvida. Inquietante y realista, la figura blanquecina cuelga como un ahorcado del alto de un árbol del palacio de Parque Florido bajo una luz espectral atrapando el viandante.

Por primera vez, el palacio abre sus puertas sin restricciones a una invasión externa, incluyendo el túnel subterráneo que otrora servía como improvisado almacén de las revistas Goya y que ahora alberga otra escultura obesa y sufriente, entablando extraña relación con la bombilla. Pero los famosos albinos y calvos hombres de Roig, juntamente con dibujos, videos y otras curiosidades más apenas rozan la colección permanente, creando su propio discurso dentro del espacio y aportando otro valor a este museo de corte clásico. No obstante, ocho de las diecisiete obras del artista mallorquín expuestas fueron producidas especialmente para la ocasión, inspiradas por el propio lugar y con el apoyo del comisario Juan Jiménez.

No es nuevo que sus obras inunden un museo de esas características – en 2009 expuso en el Ca’Pesaro de Venecia. Pero aquí, establece una íntima relación con el carácter coleccionista del propio Lázaro Galdiano, lo que queda patente en el título de la exhibición. Nos sumerge en la sensación de que la vida se trata de un eterno coleccionar, de recuerdos, imágenes, obsesiones y nos hace plantear cómo sería si todos pudiéramos enfrentarnos a estas cara a cara y purgarlas a través del arte.

Las obras, oras escondidas por rincones, ora protagonizando salas, conciben un recorrido tumultuoso por las propias obsesiones del artista. Un indigesto video dónde él mismo, con los ojos sellados y sustentando una extraña luminaria sobre los hombros deambula a oscuras por estos pasillos del museo como si de su propia mente se tratara. Referencias al vacío y a Antonioni. Una intervención en un grabado de Rembrandt con una escultura de Giacometti traza un paralelo con su acción mientras que en un rincón, otro desdichado de color níveo arrastra fatigosamente a la espalda una ristra de neones mientras avanza deslumbrado. Patéticos y llenos de belleza, estos cuerpos inevitablemente nos provocan una instantánea abducción empática, de la misma forma que las inmortalizadas imágenes de los seres (que hoy parecen de otro mundo) de los cuadros de Goya o del Bosco con quienes comparten el espacio. La visita culmina con un portentoso tablero de imágenes de individuos de lo más variopinto. Una cartografía de sus secretos, manías y vanidades.

La exposición está plagada de cavilaciones sobre la ceguera y la visión. Sobre la luz capaz de generar la vida, pero cuya incontrolada energía puede llevar a la destrucción, y sobre la ofuscación, cuya oscuridad racional que nos conduce al delirio. Estos juegos nos remiten a las ideas del poder acaparador del ojo y de la denigración de este sentido en el arte contemporáneo, tan tratadas por Miró y por los surrealistas en general, aclamadas por los dadaístas y genialmente discutidas en la actual publicación Ojos Abatidos, de Martin Jay. Pero, sobretodo, resulta evidente la relación con los conceptos de su querido Bataille, quién no tiene miedo ni vergüenza de mirar a lo más profundo, visceral, sucio y hermoso de la raza humana. Consecuentemente, su obra funciona como un desesperado intento de catarsis, casi religioso, para luego alcanzar puramente una pequeña muerte y intentar llegar al imposible. Y, en estos experimentos, el carácter melancólico pero a la vez lúdico nos desconcierta. Pero como recuerda el autor francés, ¿quién dice que la muerte no esconde una nota tragicómica? Pues, como declara Ballard en la introducción de Crash, ‘nuestras vidas son presididas por los grandes leitmotivs gemelos del siglo 20 -  el sexo y la paranoia.’  

¡¡Por fin somos arte!!


Exposición de arte total “El coleccionista de obsesiones” de Bernardí Roig
Fundación Lázaro Galdiano, c/Serrano, 122
Comisario: José Jiménez
25 de enero a 20 de mayo, 2013
MANUEL GAMAZA CRESPO

Abrir un diálogo de los fondos del museo y la teatralidad arquitectónica del palacio con la obra plástica de Roig, es el planteamiento de la muestra según el comisario José Jiménez, con el objetivo de abrir nuevas vías de reflexión y experimentación artística. Los fondos de la colección abarcan esculturas, armas, joyas documentales y bibliográficas, y grandes obras maestras de Goya y el Bosco, con los que trabaja la Fundación para convertirse en lugar de referencia para el estudio, difusión, reflexión y diálogo del coleccionismo.

Bernardí Roig, artista de fama internacional, expintor de bodegones y dibujante, muy influenciado por el figurativismo del maestro Ingres y fascinado por los pies de Cristos filipinos, trabaja con estructuras abstractas y repertorios heredados de Duchamp, Malevitch o Nauman. Se obsesiona por la muerte, el sexo, la soledad, la incomunicación del hombre contemporáneo en un mundo fragmentado y la visión interior. Su última exposición fue Walking on faces en Mallorca, aunque la instalación que Roig ha efectuado en el exterior de la Fundación recuerda a la realizada en el parque bruselense Tournay-Solvay, donde plantea la necesidad de mirar e ir más allá de lo que ve el espectador en un primer vistazo, situando estatuas, de resina de poliéster cubiertas de polvo de mármol o de bronce pintado de blanco, de tamaño natural que se confunden con la vegetación. En este caso, proyecto que sigue la misma técnica, el montaje se abre a nuevos espacios expositivos, situando las estatuas en lugares inhóspitos: colgada del tronco de un alto árbol a 20m de altura, unas piernas ocultas entre la hojarasca del jardín, asomada a uno de los balcones, en uno de los vértices del palacete o en el sótano, iluminados con luz blanca especial, retando al visitante a la búsqueda de esa insospechada presencia, perturbadora.

Las salas de la fundación fusionan la colección permanente con las 17 piezas del proyecto de Roig; el libro de la luz, los dibujos, el molde confrontado con las armaduras, la grabación, el tablero de imágenes y las esculturas giran en torno a la luz, de neones blancos, y el depósito heterogéneo de imágenes de la vida de Roig. Las esculturas, repartidas por salas, alteran el recorrido de éstas y el discurso tradicional y se convierten en obras mismas, bajo nuestra expectante mirada, a veces voyeur. Aspectos de su obra son la eliminación del pedestal, para un mayor acercamiento al espectador, al igual que Rodin, el tiro de la luz, símbolo de la luz que todos llevamos a la espalda, la ceguera de sus personajes, método que conduce a conocer más allá de lo que ve el ojo, lo interior, y la obsesión por el sufrimiento de éstos, modelos reales tomados de individuos corpulentos y calvos, conducidos a situaciones patéticas como intentar chupar una bombilla, que nos produce una sensación empática y de repulsión hacia ellos, metáfora de la vulnerabilidad de la vida.

La grabación, de 14ms y en blanco y negro, se acompaña del sonido constante de motores de moto; le antecede una sala que recoge obra de Goya. Roig, protagonista del vídeo de apariencia tétrica y erguida, como si se tratase de Frankenstein, con los ojos simbólicamente cosidos, circula por las salas del palacio elegantemente vestido, de esmoquin, llevando sobre sí un gran foco que lo ilumina de lleno, como si se tratase de una gran obra de arte. Explora todas las estancias del palacio en medio de la oscuridad, mientras repasa, cegado, a su paso la obra permanente. El artista actúa a modo de escultura viviente en movimiento, un paso más de vida escultórica; interactúa con las obras por medio de la luz, los distintos planos acentúan el dramatismo, formándose un contrapunto entre ellas. Se convierte en obra de arte y éstas a su vez se transforman en meros espectadores de la misma; son los cuadros, la colección, los espectadores de la obra de arte, iluminada como tal, el artista. Al final escuchamos la voz de Elvis Presley que recita ‘Are you lonesome tonight?’; pensemos en una de las estrofas de la canción ‘You know someone said that the world's a stage and each must play a part’ y el significado que ésta adquiere, ya que aquí es el museo el que se transforma en escenario y el artista en la persona que interpreta el papel.

El Tablero de imágenes, situado en lo alto del palacio y rodeado de insignes vitrinas contenedoras de piezas de diversa procedencia, nos transporta al mundo personal y emocional del artista: recuerdos, imágenes y recortes que satirizan la muerte, el sexo y lo patético, es decir lo silenciado, elevándolos al rango de obra artística. Es la clave del proyecto; la obsesión por el coleccionismo de imágenes inspiradoras y emotivas, el coleccionismo de obsesiones, de sueños, exhibiéndolas hasta convertirlas en obras de arte. El trabajo de Roig permite a nuestro ojo, y en consecuencia a nuestras emociones, introducirse en la lucha del hombre a su plasmación como obra de arte a través del coleccionismo de imágenes que adquieren un significado propio.

Calvos, gordos y semidesnudos

Ana Isabel Osorno Nieto
"El coleccionista de obsesiones"
Bernardí Roig
Fundación Lázaro Galdiano
 
Estas son las obsesiones que muestran las obras del artista mallorquín Bernardí Roig y que podemos ver en el Museo Lázaro Galdiano, creando una peculiar simbiosis entre la colección permanente de pinturas, esculturas, armas, joyas, miniaturas o tejidos, con el arte contemporáneo de Roig. Una serie de 17 esculturas que nos llaman la atención desde la calle, que se integran, conviven, pero no intervienen en las obras del museo, dialogan con el espacio, nos dan una nueva impresión sobre la colección.

 Una exposición llamada “El coleccionista de obsesiones” ya que según las palabras del artista sus obsesiones quedan reflejadas en estas esculturas, hombres calvos, altos, gordos, que llevan los pantalones desabrochados, hasta el punto que parece que se van caer, modelo que ha repetido a lo largo de toda su obra. Roig ha pasado de crear esculturas que escupían fuego,  a otras que se congelaban y descongelaban en la misma exposición a figuras cegadas por fuertes luces blancas, fluorescentes y bombillas que se sitúan pegadas a los rostros de las esculturas, arrojando luz, pero a la vez impidiendo la visión al personaje.

Para Roig el Lázaro Galdiano era el lugar perfecto para presentar esta exposición, Galdiano, al igual que él, era un gran coleccionista, este museo surge de su colección, de su obsesión, el arte y Roig sitúa sus hombres, sus obsesiones en este lugar, depósito de las obsesiones y pasiones de ambos.

La exposición está formada principalmente por las diecisiete esculturas, de las cuales, ocho han sido creadas específicamente para esta exposición,  realizadas en metal y pintadas de blanco,  utilizando modelos reales, siempre hombres altos, calvos y gordos cercanos al artista. Dentro de la exposición también encontramos un  libro de 21 fotograbados de su instalación realizada en Bruselas en el 2010, llamada Blow up, al igual que la película de su ídolo Antonioni. Otra de las piezas es un vídeo en blanco y negro en el que el propio artista recorre el museo Lázaro Galdiano en la absoluta oscuridad de la noche, con los ojos cegados por tiras de cinta aislante negra y un enorme foco profesional sobre su cabeza, que a la vez que lo ilumina lo ciega, al igual que las esculturas repartidas por el museo, pero el foco va iluminando el recorrido que realiza, ilumina indirectamente las obras que se encuentra, que mira pero no puede ver por el exceso de luz que le baña, creando una sensación inquietante, sobre todo cuando oímos lejanamente la voz de Elvis recitando en uno de sus conciertos.

En la planta superior del museo encontramos los almacenes visitables, donde Roig decide colocar un muro, dando la idea de estudio, donde coloca fotografías, dibujos y recortes que le atraen, obsesionan, que sirven de inspiración para su obra, el tema del sexo, las prostitutas, la muerte, las cabezas y sus hombres calvos y gordos predominan el muro.

Roig propone una nueva visión del arte y las exposiciones, no se encierra dentro de un museo, la exposición empieza en la calle, desde donde podemos ver una de estas esculturas colgada de lo alto de un árbol del jardín del museo, llamando la atención tanto de los visitantes del museo como de los propios transeúntes de la calle. En el jardín del museo el artista ubica algunas de estas esculturas en zonas poco transitadas, invitando a su búsqueda en un paseo, entrando en relación con el espacio.

Dentro del museo propiamente dicho Roig coloca estas esculturas en lugares que no impiden el recorrido de la colección o la visión de las obras, excepto una, que nos obliga a rodear y acceder a la sala con la obra de Zurbarán por otra puerta ya que una de sus esculturas bloquea la entrada. Consigue ubicar algunas de sus esculturas en salas que habitualmente permanecen cerradas al público, como el despacho de Galdiano, la sala de armaduras, un túnel subterráneo o una ventana, ubicando a la escultura en el mismo balcón, creando nuevos espacios expositivos.

Una forma novedosa de conocer el arte contemporáneo, su origen más íntimo, una manera de comprender la relación que puede tener con el arte y el coleccionismo en general.

Lázaro Galdiano, Levántate y Anda

“Lázaro Galdiano, Levántate y Anda”
Bernardí Roig: El coleccionista de obsesiones
Museo Lázaro Galdiano
24 de enero al 20 de mayo del 2013
Itzíar Ramos Ricoy

Digamos que si extraordinariamente despertara el señor Lázaro Galdiano (1862-1947) en su majestuoso palacete de Serrano, nos resultaría ya severamente complicado explicarle los cambios producidos en la sociedad desde que falleció en 1947, como para justificar el por qué de la convivencia temporal de la muestra de Bernardi Roig con su eterna colección de arte. Pero no dramaticemos, seguramente existan personas hoy en día que acudan de visita al museo sin conocer que allí se entremezclan aquella muestra con la permanente, provocándoles así a muchos un cierto tipo de crisis artística, o quién sabe si un sentimiento de grima o desagrado.
Podríamos quizá narrar al viejo coleccionista Lázaro tras su despertar, una de las frases que el comisario de esta misma exposición, José Jiménez, ha relatado sobre otra exposición denominada Juegos de Lenguaje, Una Introducción al arte de Nuestro Tiempo: “ cada artista elabora los criterios de significación de sus obras, elabora un juego de lenguaje, cuyas claves deben ser desentrañadas para poder interpretar sus intenciones y sentidos. Esa diversidad, compleja y plural, de juegos de lenguaje, que deben ser entendidos como representaciones de formas de vida, constituye el núcleo del arte de nuestro tiempo. Tan intenso, variado y complejo como el mundo en el que hoy vivimos.”  
Aquella “diversidad, complejidad y pluralismo” que caracterizan los juegos del lenguaje, también podrían encontrarse en cierto modo en la definición dada por Walter Benjamin sobre la profusión de los impulsos de los diversos tipos de coleccionistas que podríamos declarar como: “pluralidad, dispersión e intensidad”, que a su vez buscan “conservar, adquirir y atesorar” una serie de bienes que ayudan a perpetuar la memoria y las experiencias vividas.

Encontramos pues que como diversas formas de contar tienen los Nivkh o Nivjis del Este de Siberia, diversas formas de obsesión son las que amenazan a las personas. Lo que en algunas personas podría considerarse una obsesión convertida en un futuro acierto, sin embargo a otras podría suponer el ingreso en un Sanatorio Mental, como fue el caso de Abby Warburg (1866-1929), quizá unido a su enfermedad, su obsesión por los símbolos, como el de por la ninfa de Botticelli, y por la “supervivencia de lo antiguo”.
“La única forma es ponerlas a bailar, y evitar así que esas ideas nos aplasten” fue pronunciado por el artista Bernardi Roig en una entrevista sobre su exposición  Shadows Must Dance. Un consejo apropiado para personas con obsesiones, como en el caso de Aby Warburg y su conferencia de 1923, según la cual Roberto Calasso apunta que le supuso una especie de Katharmos o catarsis sobre aquella obsesión, algo que podría acercarnos a la colección del caballero Galdiano.

Esta obsesión que trata el artista Bernardí Roig, es definida desde su experiencia como pintor, escultor y como configurador de instalaciones complejas, conociendo bien su destino, aunque el espectador no lo tenga tan claro. Las esculturas realizadas en resina de poliéster, se conforman como esculturas lumínicas e incluso sonoras en algunos casos. 
Según el artista, sus obras son configuradas finalmente para ser consideradas imágenes, y no lo que materialmente conforman, esculturas, dibujos, videos, conformando así un “condensado de experiencia incomunicada” o un “incidente en el umbral de visibilidad”, lo que podemos apreciar en el Muséo Lázaro Galdiano al pasear por sus numerosas salas y topar con las diversas obras que irrumpen en el espacio configurando un diálogo con él y que a su vez, aquellas imágenes que además incorporan una fuente de luz, acaban adquiriendo un papel fundamental a la hora de situar al espectador en otro nivel de conciencia, llegando a hacer visible la escultura cuando se observa en una armonía con la luz que la hace real, e invisible al contemplar tan solo el foco de luz que acabaría por cegarnos por completo.

La muestra diré finalmente que se encuentra conformada por quince obras, cada cual situada en un espacio estratégico para su resultado final. En el jardín podemos encontrar tres obras, dos de ellas formaron parte del Proyecto BLOW UP (Prácticas para ocultar un cuerpo (el cadáver), [2009] y Ejercicios para parecerse a Fabio Zanchi, [2009]), estas obras destacan por su ilusionismo y contraposición, una se encuentra levitando arriba y sin embargo la otra enterrada abajo, son dos obras que acaban por camuflarse. La tercera en discorida, Prácticas para ocupar el jardín de la FLG, [2012] fue producida con la ayuda del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y se acompaña de un mítico foco de luz.
Al interno del museo encontramos el resto de las obras, BLOW UP (The Book), [2011], como un objeto de coleccionista que acapara las fotos realizadas a la misma exposición en la que se expuso, digamos un espejo ante un espejo. Acteón devorado por sus perros (el sueño de Diana), [2012], donde se codifica la escena más placentera y nos hace posicionarnos como voyeurs. De espaldas a nosotros: An Illuminated head for Blinky P.(the gun), [2010], la posición de su mano a forma de pistola acaba por darle el título, y altera nuestro rumbo en el discurso museológico tradicional. 

La invisibilidad de la memoria, [2012], se revela una voluntad de recobrar un tiempo pasado, donde el coleccionismo podría ser un arma de valor incalculable, y que bien conocía el propio Lázaro.  La “invisibilidad”, al igual que la "memoria", también será fundamental en su concepción de la obra, donde en Ejercicios de invisibilidad, [2012] dispondrá a un “ente vagante” en el interior del museo. Impedida su visión no sólo por llevar los ojos casi tapados, si no por esa luz “cegadora” y la capacidad nula del "ente" de poder abarcar toda la colección e interiorizar más imágenes. Bernardi Roig, sin embargo no quedará exento de esta colección, si no que él mismo se convertirá en uno más de esta especie, prueba de ello será Depósito de imágenes, [1988-2012].

Antes de finalizar me gustaría poder plantear: ¿Qué se creo antes el huevo o la gallina? Quiero decir, ¿se fueron configurando y adaptando las obras una vez conocido la disponibilidad de los espacios, incluido el del túnel, o fue surgiendo todo según por comodidades? Porque la obra Ejercicios para desocupar el cuerpo, [2012], y su idea de las armaduras y el molde como “limitadores" de un vacío o una ausencia, me parece que “viene al pelo” para la exposición, pero es quizá algo forzoso. En cualquier caso, la idea de esta sala le da un toque distintivo y para aquel que lo comprenda acabará por marcar su mente a la hora de observar una armadura.