jueves, 31 de enero de 2013

Los Illuminati de los pantalones caídos


Bernardí Roig está fundamentalmente interesado en cuestiones como la figuración humana (inscribiéndose en la iconografía clásica), la integración en el espacio, el uso de arte tecnológico, y la acción de la luz como protagonista - rasgos que se aprecian en artistas como Jaume Plensa, Daniel Canogar y Chema Alvargonzález. Roig dice que sus obras dialogan con el espacio que ocupan porque con su presencia activan el lugar, y que los límites de la obra son los propios límites del espacio que la contiene. También afirma que finalmente el espectador es quien despierta el relato, aportando su visión particular a la obra y dotándola de un sentido único. En este caso, los “artefactos” del autor están camuflados entre la colección permanente del Museo Lázaro Galdiano, habiendo sido ésta la primera vez que se ha introducido a un infiltrado moderno en ella. Este diálogo (o “monólogo en espacio compartido”) establecido entre arte de distintas épocas ya se utilizó en 2009 en Ca’Pesaro, Venecia. Aquí, las obras de Roig invaden cada rincón del museo, consiguiendo de alguna forma no romper con la estética reinante. Como si llevaran allí desde la fundación del museo, brotan de las paredes y el suelo como elementos orgánicos, tanto en el interior como en el exterior, y redescubren rincones antes olvidados o ignorados. El Museo Lázaro Galdiano es en sí una “colección de colecciones”, y la exposición gira en torno a la idea del coleccionismo, presentando al artista como un “coleccionista de representaciones”.

En Ejercicios para chupar la luz aparece esa figura masculina tan característica, blanca como una aparición, semidesnuda y rechoncha, con los ojos cerrados como puños, y arqueada bajo el peso de la luz. Está marcada por una inequívoca introspección que no deja indiferente; lo que Roig llama un “impulso obsesivo hacia la búsqueda de lo imposible”. ¿Es esa búsqueda de lo imposible una confrontación freudiana con el propio inconsciente, llevándonos a perseguir y desear lo prohibido o lo desconocido? Como Tiresias, somos ciegos adivinos que debemos valernos de nuestra luz interior para sobrevivir, y persistimos tercamente en la adoración de una divinidad solar que nos ciega aún más y nos maniata. Ya nos decía nuestra madre, “niño, no toques la bombilla que te vas a quedar pegado”, pero como una mariposa nos vemos irresistiblemente atraídos hacia la luz. Es la pulsión medio masoquista medio curiosa de Ícaro volando hacia el sol, como urracas seducidas por lo brillante. Esas bombillas y neones parecen haber huido de sus entrañas, como vomitadas, convirtiendo a sus antiguos portadores en criaturas angustiadas e incoloras, patéticamente anhelantes, y con los pantalones a medio subir.

En el tablero de imágenes destaca la presencia obsesiva de cabezas calvas, que recuerdan al uso del huevo en Dalí, la manzana en Magritte, o la piedra en Brancusi, símbolos del origen del mundo. Como la esfera, la superficie de una cabeza calva es ilimitada pero finita, al igual que sus asociaciones. Obsesión, repetición, eterno retorno. Este uso autorreferencial casi patológico de las paranoias, me recuerda a un documental sobre la obra de Mozart, en la que se decía que el compositor escribía la música que calmaba sus nervios y sus obsesiones repetitivas, como una suerte de terapia artística (como por ejemplo el aria del Papageno). Queda claro por la última exposición de Roig (Walking on faces, Lonja de Palma de Mallorca) que su obra tiene una gran acogida entre el público. Y me atrevería a decir que el espectador se siente especialmente identificado con esas criaturas fantasmagóricas, esos illuminati caídos del pedestal que convierten al arte mismo en antihéroe. 

DESEOS DE COSAS IMPOSIBLES


DESEOS DE COSAS IMPOSIBLES.

Obras Recientes. Jorge Perianes.31 de Enero – 23 de Marzo de 2013.

Galeria Max Estrella, Calle Santo Torné,6.

Inmaculada Hormigo González.

La nueva exposición de la Galería Max Estrella en Madrid, nos presenta las últimas obras del gallego Jorge Perianes. Encontramos estas dispuestas de forma minimalista en los tres espacios que nos presenta dicha galería, uniendo conceptos de naturaleza, poesía e inmaterial ausencia humana.

Las obras que podemos observar nos presentan la actual y personal visión del artista, creando un dinamismo que envuelve al espectador desde el primer momento que cruza la puerta. Nos invaden al entrar dos grandes piedras graníticas apuntaladas, que nos dan la idea de naturaleza intervenida, pudiendo apreciar en ellas la mano del hombre que destruye lo natural con sus acciones, para luego intentar reparar el daño con elementos industriales como son los puntales. Esta realidad se ve distorsionada por el espejo mojado que nos hace partícipes de la exposición, introduciéndonos en ella, experiencia expositiva paralela a la que no hace mucho tiempo se observaba en el Museo del Prado para contemplar Las Meninas de Velázquez, creando la sensación al espectador de encontrarse dentro de la obra, aún estando de espaldas a ella.

De esta curiosa manera nos adentramos en la siguiente sala que presenta obras que desconciertan al público. No duda en traspasar los muros para crear su arte, la obra principal es un perímetro rectangular tallado en la pared del cual emergen helechos, esta obra nos acerca a la idea de renacimiento natural, “la vida se abre camino” a través de la descomposición de los nuevos materiales como es el pladur que a modo de piel recubre las paredes de la galería.
En la misma sala nos desconcierta con una escalera, elemento casi capital en sus anteriores obras, que pende de la pared pero que se encuentra destinada a nunca alcanzar el suelo, introduciendo la “magia” como elemento visual. Este se nos hace más notable en la obra que, con un último truco, el artista terminó ante nuestros ojos, introduciendo pequeñas gotas de cristal alrededor del que en oblicuo y apoyado en la pared, se introduce en un parapeto compacto blanco, a modo de penetración.

En la última de las salas que nos presenta encontramos una intima visión de la situación que atraviesa el hombre, representada por una serie de vasos y copas de cristal que caprichosamente se encuentran descompuestos o en posiciones imposibles. El artista juega con la disposición de las obras, situándolas desnudas sobre ligeras peanas de madera sin tratar, creando una sensación de atracción-repulsión hacia ellas. Estas obras nos hablan sobre los deseos y preocupaciones del ser humano contemporáneo.
Al entrar en dicho espacio me vienen a la mente las palabras del poeta Antonio Machado en su poema titulado Arte Poética: “Y en toda el alma hay una sola fiesta, tú lo sabrás, Amor, sombra florida, sueño de aroma y luego….nada; andrajos, rencor, filosofía”. En verdad se sueña con el aroma que nos trasmitirían los fingidos caldos servidos en las copas, como aquel que se encuentra a punto de ser desbordado, creando un paralelo con la sociedad actual que parece no ser capaz de abarcar todo el conocimiento que se le impone, o como aquella otra obra en la que uniendo dos copas por el pie crea un reloj de arena que mida la velocidad con la que las sociedades actuales se desarrollan. Siendo todas estas obras los propios “andrajos” que produciría un bar cualquiera, copas rotas, que sirven al autor para crear un nuevo reciclaje de objetos que normalmente serían desechados. Creo que es de importante mención los efectos que provoca la iluminación de esta última sala, que crea un ambiente intimo que nos invita a pensar sobre la acción que podría haberse desarrollado en dicho espacio, una acción quizá de post-fiesta en la que se han exprimido deseos de cosas imposibles.

Jugando al escondite


Bernardí Roig. El coleccionista de obsesiones. Fundación Lázaro Galdiano.
Del 25 de enero al 20 de mayo de 2013.
Comisario: José Jiménez.

Desde el momento en el que pasamos la puerta de entrada de la Fundación Lázaro Galdiano  hasta ahora contenedor de la colección de uno de los coleccionistas y mecenas más destacables del arte español, uno se da cuenta de que  la exposición trastoca la tranquilidad que hasta ahora reinaba, y rompe con el espacio expositivo ,plagando tanto el jardín como el interior con las 17 obras que se exponen dentro de la muestra El coleccionista de obsesiones, planteando un diálogo entre los fondos del museo y la obra de Bernardí Roig. Encontramos muestras de su obra en recodos de las salas, o siendo protagonistas de estancias enteras, como en el caso del paso subterráneo que servía como almacén, o

La obra del artista mallorquín ha ido evolucionado desde el año 2003, en el que sus figuras eran cuerpos de maniquís con cabeza de bronce a sus actuales vaciados directos de sujetos en resina de poliéster , las cuales parece haber diseñado el propio Malevich, además de pasar de colores oscuros al blanco más puro, acompañado de la luz normalmente representada con flourescentes.  La combinación en su obra entre lo figurativo y lo abstracto conviven a la perfección, al igual que su diversidad a la hora de expresarse mediante obra plástica, video o collages. Las figuras poseen actitudes  misteriosas e inquietantes , y en ocasiones con cierto aire patético. Figuras similares a estas las pudimos ver en Bruselas en el año 2010, ocupando el parque Tournay-Solvay, como si de la historia de Blow-up se tratase y el espectador fuese Thomas cargardo con su cámara.

 El artista está representado por la galería Max Estrella, dónde pudimos ver su exposición Der Italianer  en el año 2011 con una obra que destacaba por la gran influencia del pintor irlandés Francis Bacon y dónde destaca este año como artista de cara a la próxima feria de ARCO. Según José Jiménez, comisario de la exposición, la idea del coleccionista que vemos tan bien representada en el propio Lázaro Galdiano  podemos verla en el artista, ya que según él: “El artista es también un coleccionista, pero un coleccionista de obsesiones, aquellas que va plasmando en su trabajo en busca de la realización de la obra, ese impulso obsesivo hacia la búsqueda de lo imposible”. Entre las obsesiones del autor se hayan la incomunicación del hombre contemporáneo, la muerte y la soledad, además de la necesidad de expresar un sentimiento o actitud concreta en cada una de sus figuras, potenciadas éstas por un halo de luz.

Dentro de la exposición podemos ver un video en blanco y negro en el cual el propio artista, se pasea por las diferentes salas sin apreciar realmente los objetos, como si de un autómata se tratase, con los ojos sellados y una luz sobre la cabeza o un collage elaborado con imágenes que van desde políticos a actrices, siempre en actitudes provocativas, y que pasa más desapercibida entre las vitrinas del museo, en lo que parece un intento de adaptarse al entorno que ha ocupado. El artista juega siempre con la figura del espectador, el cual capta al sujeto en un instante clave de su acción, descubriendo a medida que se acerca más y más a la obra detalles que hasta ese momento habían pasado desapercibidos para él. Dicha exposición es la primera exposición individual de un artista vivo que realiza el Museo, como primogénito de una programación cultural renovada que pretende seguir con la labor que comenzó su fundador.

Escotomafobia.



BERNARDÍ ROIG. El coleccionista de obsesiones. 
Museo Lázaro Galdiano. Serrano 122, Madrid. 
24/ene al 29/may 2013. 
Judit del Río;
con agradecimiento impagable a M. Álvaro Mora 
por la idea para el título y por el Scotch.



Como agudamente señala Jiménez, a cargo del comisariado, en el panel de bienvenida, muy difícilmente se puede trazar nítida la línea que diferencia la memoria, la obsesión y el coleccionismo. El propio José Lázaro fue un sujeto aquejado –bienaventurados los que sufren– de los tres males. Incansable y meticuloso, convirtió su casa también en la de sus colecciones, proyectándola desde el inicio como un espacio de convivencia entre lo cotidiano y lo histórico. Esta dicotomía, esta tensión armónica entre lo presente y lo olvidado, lo familiar y lo extraño –¿acaso nadie pensaba sacar a relucir lo Unheimlich esta vez?– es la que continúa Bernardí Roig con sus obsesiones, repartidas por el espacio de la colección permanente del Museo. Ambos elementos –las salas de Lázaro y las níveas nalgas a medio esconder bajo un pantalón desharrapado– compiten en peculiaridad; tan llamativas son, cada una por sí misma, la exposición permanente y la temporal, que juntarlas no podía sino crear un abismo tras el impacto.

Sin duda los protagonistas de la obra de Roig son inquietantes, pero tampoco carecen de la siniestra cualidad las habitaciones de la otrora señorial mansión –ahora camposanto cultural–, atestada de las reliquias de una memoria amedrentada por la posibilidad del olvido: estamos demasiado cerca del horror vacui. Lejos de hacerse incomprensible, el encuentro entre las figuras desperdigadas y los recuerdos de Lázaro está mediado por el diálogo. El equilibrio entre el intruso y el anfitrión es respetuoso y cortés; tratan los dos la parcela de interés común con detalle y minuciosidad, como corresponde al devoto de su materia.

Lo bonito del préstamo del terreno del MLG como vitrina para la producción de Roig es lo abonado que se encuentra ya. No es necesario crear un ambiente previo: el coleccionismo no aparece en el nombre de la muestra por azar, no hay Serendipity en la elección de los dos conversantes. Reiteremos la estrecha vinculación entre la obsesión por la eterna juventud, por la permanencia infinita, del coleccionista; y desde ahí la innegable obsesión de Roig por ciertos temas comunes –so pena de patologizar de forma algo reduccionista algo tan bello como el morbo por lo doliente que estos expresan–: la mudez. La ceguera. La luz. La oscuridad. La negación. La pureza. La pureza blanca y luminosa.

La indefensión de los pies descalzos, crísticos, de los distraídos semidesnudos. La manipulación de la intimidad a modo de tortura: colgados, enterrados, encajonados, burlados, tarados, impedidos, ciegos, mudos, subnormales. El freak show que presenta Bernardí se exhibe en un circo de la pasada centuria, donde Lázaro almacenaba cuidadosamente cada especie exótica que caía en sus manos. Este último un ilustrado dedicado a la causa, mecenas tardío y humilde por su honestidad. El otro fanático de lo mórbido, de la contradicción, del tránsito frío, del extrañamiento del hombre en su entorno.

La luz, que debiera ser salvación, sin embargo ciega, directa como es y pretendiendo ser lamida, ingerida, por el personaje en los sótanos del edificio –luz en las entrañas–; enmudece, al introducirse en la boca a modo de mordaza; no ilumina como es de esperar, pues se lleva a las espaldas y sólo sirve para marcar el camino al resto, mientras uno mismo sigue a oscuras. Las funciones actuales necesarias –vista, gusto, cordura– se pierden en favor de una función memorial hipotética y futura –un mesías que porta la razón sobre sus hombros–. De igual forma las funciones y objetivos del museo suponen la desnaturalización de la obra y de su fisiología original, encerrándola, colgándola, enterrándola, burlándola, impidiéndola.


No podría, en efecto, ser más apropiada la ocupación de los hombres blancos.  



OBSESIONES POR DOQUIER


Bernardí Roig.
“Coleccionista de obsesiones”
Museo Lázaro Galdiano.
Del 25 de enero al 20 de mayo 2013.

Dibujos, un libro de luz, un molde escultórico, un tablero de imágenes un video y esculturas como principales protagonistas, componen una unidad estética, que recopila obras del artista mallorquín Bernardí Roig, titulada "Coleccionista de obsesiones".

El lugar sede de la exposición, juega un papel importante ya que Lázaro Galdiano fue un gran coleccionista, y parte de lo que Roig expone con sus obras es sobre la importancia, significado y atesoramiento de una colección.
Así que Galdiano y Roig van muy bien de la mano.
Sin embargo, Bernardí difiere de las obras del museo ya que sus piezas contrastan dentro del carácter antiguo de las colecciones  y arquitectura del museo Lázaro Galdiano.
Los materiales diversos que utiliza Roig y el uso de luz y oscuridad, sobresalen creando una atmósfera que incita y se mimetiza haciendo una conexión en cada espacio del lugar.

Yuriko Takahashi hace una cuestión sobre si las esculturas de Roig son el retrato de un hombre contemporáneo. Frente a las esculturas de rostro irreconocible, cada espectador pueda identificarse con uno de esos rostros incógnitos. Pero para Roig, el hombre contemporáneo no tiene rostro. Uno de sus fundamentos es sobre el origen de una imagen: es la proyección de una sombra en la pared, por eso una imagen es la presencia de una ausencia. Y la sensación de ausencia y vacío son constantes a lo largo del recorrido en el museo. Ya que las blancas esculturas crean esa atmósfera. El blanco es un color que congela y detiene un instante, el instante en que contemplas la obra, te lleva a la reflexión y captura la luz. La luz intensifica las sensaciones y permite ver con más claridad.  A pesar de este silencio  existe la ironía de que cada pieza habla por sí misma, tiene un diálogo y cobra vida, por inerte que parezca, debido al color blanco y fríos materiales. Los gestos de las esculturas, tienen un carácter hiperrealista, textura e iluminación sutil que es parte del sello del artista. Así como cabezas calvas y pantalones a medio abrochar.

La muestra recorre salas en que invita al espectador a la interacción con cada rincón del museo. Desde lugares inesperados como a mitad de un pasillo, en un balcón, en el exterior; en lo alto de un árbol, en la terraza e inclusive en el sótano; cada espacio donde ha sido colocada cada pieza crea una narrativa en la que integra proyecciones de imágenes e interactúa con las obras del museo, en el que el espectador tiene un papel importante al recrear una historia involucrando sus sentidos. Sin embargo, no existe una historia en sí que entrelace las piezas y se vaya contando en el recorrido. Son piezas independientes que se integran en un determinado lugar y bien se puede subir a la segunda planta, salir a la terraza o entrar en un salón y apreciar las piezas individualmente.

Según las palabras de Roig, sus obras "dialogan con el espacio que ocupan, ya que con su presencia activan el lugar. Se disponen en función de la arquitectura y sus elementos; los suelos, las esquinas, las columnas y la luz. La idea es que esa presencia en el espacio sea capaz de crear el vacío para que así los límites de la obra sean los límites del espacio que la contiene”.

El placer de la mirada.


El coleccionista de obsesiones, Bernardi Roig.
                                           Fundación Lázaro Galdiano. 
25 de enero - 20 de mayo 2013.

El coleccionista de obsesiones es la primera exposición individual de un artista vivo que realiza el Museo y Fundación Lázaro Galdiano con lo que se sumergen en una nueva etapa en la que pretenden dar a conocer al público, desde varios puntos de vista, la riqueza que las obsesines de José Lázaro Galdiano le llevaron a coleccionar. El artista encargado de llevar a cabo este proyecto es Bernardí Roig bajo una evocación de la idea de catarsis, siempre presente en toda su obra, la cual lleva al límite en esta exposición. No es la primera vez que el artista se atreve a mostrar su obra compartiendo el espacio con el fondo de museos clásicos. Por ejemplo, en 2009, en Ca'Pesaro en Venecia, sus esculturas salpicaron las galerías del viejo museo en un tenso diálogo entre clasicismo y modernidad. Sin embargo, en este caso, ocurre algo diferente como él mismo asegura: “Aquí no hay diálogo.“Aquí hay un espacio compartido. Es un monólogo. En Venecia, la confrontación era seca. Aquí es más gelatinosa en el sentido de que está lubricada, no es violenta. No choca. He trabajado sin dejarme apabullar por el hecho de que mis piezas surjan en medio de Goya, de Velázquez o de Zurbarán. He mirado de reojo, pero sin sentir su presión”. Y se podría decir más alto y no más claro ya que se trata de un lugar escogido concienzudamente por el artista, el cual ha sido un perenne visitante del lugar desde que en 1987 alquilase un estudio cerca del Museo.

Entre Bernardí Roig y José Jimenez, comisario de la exposición, han seleccionado las obras que mejor transmitían la idea de coleccionismo, de un coleccionismo de obsesiones, con el cual el artista se ve fuertemente identificado. La selección esta compuesta por un total de 17 obras repartidas por todo el palacio, y cuando digo todo me refiero a TODO ya que es la primera vez que el Museo abre al público todas sus plantas dejándonos entrever los entresijos de un coleccionista dominado por el arte de mirar y observar sus tesoros, en cierta manera con una pulsión escopofílica. Buena muestra de ello es que se ha abierto el túnel subterraneo, el antiguo vestíbulo de entrada del palacio, los jardines, o una de las terrazas exteriores del Museo. Se trata de dibujos, esculturas, un libro de luz, un molde escultórico, un tablero de imágenes, y una película rodada especialmente para esta ocasión, donde el artista recorre el palacio con los ojos grapados acompañado de una inquietante luz con un aire siniestro y Frankesteniano, que en su conjunto nos muestran un pensamiento obsesivo y febril. Algunas de estas obras son de nueva creación y otras han sido reformuladas para el emplazamiento que ocupan ya que se disponen en función de la arquitectura y sus elementos como los suelos, las esquinas, las columnas y la luz para de este modo poder activar el lugar. 
Algunas de estas obras tienen un carácter mas potente como es la obra “Hombre de la luz” con la que el artista juega con una pretenciosidad luminosa que sin duda llega a lograr, de tal forma que ilumina a través de la represión y muestra una realidad que no se puede imaginar ya que es algo traumático y mantiene una anulación subjetiva que culmina con una pulsión escopica que al fin y al cabo permite un realismo conflictivo.

En pocas palabras, parece que haan logrado su proposito de crear un diálogo del artista con lo que significa una colección, es decir, atesorar conocimiento, almacenarlo y mostrarlo en la casa del coleccionista, por eso juega un papel trascendental la propia sede de la muestra, el palacio de Lázaro Galdiano. 

Arte, instituición y revisión


Janaína Nagata Otoch (estudiante intercambista de Brasil)

Transvanguardia, pintura postpictórica, postminimalismo, neorrealismo, neodadaísmo.  Ante todos esos terminos tenemos la sensación de vivir en una época donde todo no es más que la pura reformulación. El arte, abandonando la búsqueda de la novedad tan típica del modernismo, se conduce sobre sí misma en un intento de elegir un repertorio para trabajar. Y considerándose el postmodernismo una situación cultural generalizada, no solo el arte sino también los espacios artísticos se reformulan, reflexionan sobre sus acervos y, en última instancia, invitan los artistas a hacerlo también. En este contexto, la propuesta de la exposición del artista mallorquín Bernardí Roig de dialogar con la colección Lazaro Galdiano no es una novedad.
Aunque las invitaciones muchas veces ocurren por parte de los museos, no siempre logran mantener una buena imagen de sí mismos. Tomemos como ejemplo, desde luego, los múltiples proyectos de Hans Hackee que consisten en duras críticas y reflexiones sobre el pasado y el archivo de las instituciones. Hay que acordarse también del proyecto de la artista brasileña Carmela Gross de apertura de las ventanas por tanto tiempo lacradas del edificio de la Estación Pinacoteca de São Paulo, edificio que en su pasado histórico fue utilizado como sede del departamento gubernamental DOPS DOI-COD, el principal órgano de control y represión de los movimientos sociales durante la dictadura militar brasileña. Estos son sólo dos ejemplos de cómo la apropiación postmoderna procesa una alteración del conocimiento histórico y, de este modo, opera como una crítica de su propia esfera de producción y de recepción. De este modo, aunque se valen de mecanismos referenciais, apropriacionistas e historicistas, no rompen completamente con las vanguardias, como pudieran aparentarlo en un principio, sino que retoman algunas de las críticas lanzadas por estas - entre ellas aquella duchampiana que se refiere a la institucionalización del arte y sus procesos de  mediación.
A su vez, la propuesta de Bernardí Roig parece proyectarse en sentido opuesto. El artista no ha pretendido criticar ni colonizar el espacio de la fundación. Sus obras, algunas de ellas hechas especialmente para esta exposición, constituyen una narrativa sutil y sencilla que dialoga con el museo, su colección y arquitectura, incorporándose a ella de manera singular. Muchas veces incluso nos hacen recoger rincones inusuales y salas olvidadas del edificio.  Por lo tanto, se contemporizan y relacionan intrínsecamente con el concepto de coleccionismo que  propone la fundación Lázaro Galdeano.  Así pues, la propuesta estética de Bernardí tiene un carácter más “afirmativo”. Eso se ejemplifica en la frase de presentación de la exposición en la nota de prensa de la fundación:

“El coleccionista de obsesiones”  es la primera exposición individual de un artista
vivo que realiza el Museo y con ella la Fundación Lázaro Galdiano da un paso más
en esta nueva etapa en la que se han marcado como objetivo ofrecer una
programación    cultural activa y estable que les    permita dar a conocer, desde
múltiples vertientes, la riqueza de la labor cultural que José Lázaro inició. 

Ese carácter afirmativo nos hace reflexionar sobre una característica latente de nuestro tiempo: por más paradójico que parezca, frente al modernismo el arte sistémico es el arte de ruptura.  Digo eso pues las intervenciones de Bernardí abdican a los principios de novedad y de rechazo en los cuales se sostenían las vanguardias artísticas en el período moderno. En su búsqueda por el diálogo, la sutileza y los distintos sentidos e interpretaciones de la tradición,  proporcionan al visitante una relación agradable y a la vez sorprendente y reflexiva. Pero que al mismo tiempo contemporiza con las nociones de coleccionismo y de arte como objeto. ¿Será esta la forma que queremos de relacionarnos con nuestro legado modernista y con las cuestiones planteadas por las vanguardias históricas?  

El rapto de la contemporaneidad.


                                                                  Bernardi Roig. El coleccionista de obsesiones.
                                           Fundación Lázaro Galdiano. 25 de enero - 20 de mayo 2013.
                                                                                                             Alicia Ruiz Muñoz.
                                                         

                Uno de los beneficios de ser un artista  con buena y sonada trayectoria a tus espaldas, es que antes o después te ofrecen sugerentes oportunidades y  hasta el más tradicional de los museos quiere entrar en tu juego.
Se une a esta cada vez más frecuente moda la Fundación Lázaro Galdiano, que ha decidido prestar incluso sus zonas menos habituales como purgatorio para las inquietantes figuras de Roig. Desde un sótano donde se acumulan los números de la revista Goya al jardín en que encontramos un cadáver semienterrado, las esculturas de Bernardi Roig campan a sus anchas.
Muestra de esta práctica en boga daba ya el Museo del Prado el pasado año 2012, presentando los dibujos de Eduardo Arroyo, el Acróbata de la bola de Picasso o sin ir más lejos la multitudinaria exposición del Hermitage, con gran parte de artistas de vanguardia. No sé hasta qué punto podemos considerar la inclusión de artistas contemporáneos en museos de arte que no están dedicados a ello. Por un lado resulta interesante el trabajo entre ambos y la intención de crear un diálogo del que, no lo discuto, pueden surgir buenos resultados. Así,  manifestamos que el arte actual debe parte de su ser a una tradición de afirmaciones, negaciones y negaciones de la negación. De este modo nos resulta aún más cómico encontrarnos con estos hombres blancos, semejantes a la escultura más clásica, pero con un canon totalmente antagónico que rechaza la belleza estereotipada, la cual para evolucionar a la contemporaneidad decide ser negada estrictamente. Sin embargo, debemos prefijar los marcos de actuación de los diferentes museos y tratar que las actividades de uno no se entrometan jamás en los campos de investigación del otro. Nuestro margen es flexible pero debemos ser equilibrados, a este ritmo solo queda que el Prado reclame el Guernica para sus salas.              

                La unión cuanto poco resulta inquietante y más parece que el Lázaro Galdiano haya sido ocupado de forma silenciosa en lugar de haber prestado voluntariamente sus salas. Roig sin embargo no es ningún principiante en este campo, su obra ya se ha expuesto con anterioridad en situaciones semejantes en Shadows must dance, (2012, Ca’ Pesaro, Venecia), aunque en este caso sí que se planteaba un diálogo directo entre las obras y aunque muchas de ellas se presentan también en esta muestra, su significado ha cambiado completamente. En El coleccionista de obsesiones la coexistencia de ambas colecciones parece imposible, finalmente una se ve subordinada a la otra, el visitante terminará viéndose absorbido por una de ellas.   

                A pesar de que busque lo inusual, lo dramático, lo bizarro o incorpore llamativos medios como los neones, la obra de Roig juega con un punto muy versátil a su favor; el siempre popular realismo. Más allá del proceso y de la intención, al público general le gusta gozar de ese realismo en el que poder contemplar el detalle de una escultura. A simple vista todos esos hombres desconocidos parecen querer hacer un guiño a los mármoles clásicos o los bronces renacentistas que expone el museo. No cabe duda sin embargo de que todo ello va mucho más allá, se capte o no el mensaje. Por primera vez el artista mallorquín ha querido hacer énfasis en este detalle presentando uno de sus moldes, mostrando que el mérito es mucho más que la técnica y la mano sacralizada del artista.

 
               A lo largo del recorrido tendremos que aprender a captar el juego del espacio que propone Roig y hallar en los rincones del edificio a estos personajes que se mantienen distantes, casi autistas, concentrados cada uno en su tarea sin prestar demasiada atención a la vida del museo ni a sus visitantes.  Quizás este sea su manifiesto, existen elementos que por mucho que tratemos de unir extrañamente pueden fraguar y es que lo único que puede unir a Lázaro Galdiano y a Bernardi Roig es su obsesión por el coleccionismo, algunos coleccionan arte, y otros obsesiones.    

Las comparaciones son odiosas




EL COLECCIONISTA DE OBSESIONES
Bernardí Roig
Museo Lázaro Galdiano – 25 enero al 20 mayo de 2013

María Pérez Díaz

                                                                                                                 

La Fundación Lázaro Galdiano ha sido la encargada de ofrecer cobijo a la última actuación del artista Bernardí Roig: El coleccionista de obsesiones. En este trabajo, el artista ha recolectado algunas de sus obras realizadas con anterioridad junto con otras creadas ex novo para adecuarse a la exposición, incluso algunas resultan ser una continuidad de trabajos anteriores (como es el caso de su intervención en el parque de Bruselas de Tournay-Solvay).
Así pues, esta recopilación de obras que recurren continuamente a las propias obsesiones e inquietudes de Roig, se encuentra dispersa literalmente por todo el recinto. La disposición de las esculturas no responde a un discurso museológico acostumbrado: no hay cronología, no hay etapas estilísticas, no hay temas. En lugar de ello, las esculturas se han apeado de sus pedestales y han echado a andar por el museo, las sorprendemos a cada una en el rincón más inesperado, sueño de todo Pigmalión.
Inspirado en el descubrimiento del fotógrafo protagonista de Blow-up de Antonioni, Roig le ha dado un giro al discurso museográfico, y gusta hacer participe al espectador de su propio descubrimiento. De esta manera, las esculturas se pueden encontrar en cualquier parte del museo, implicando al espectador en una especie de juego, de manera que, sumado al propio goce estético de la labor plástica de Roig, el visitante experimenta una añadida satisfacción al apartar con la mano un arbusto y decir “¡aquí hay otra!”.

No vaya a pensar nadie que esto supone una trivialización del contenido de la exposición en sí, o que se intenta engatusar al visitante seduciéndolo con una especie de juego a lo “buscando a Wally”. No. Se halla inserto precisamente en el discurso de Roig. Continuamente se aprecia una labor por parte del artista de contraposición y a la vez diálogo: las obras se encuentran en los márgenes del espacio expositivo común (incluso hay zonas que se han abierto ex profeso para dar cabida a una de las obras, ya que normalmente no forman ni tan siquiera parte de la zona expositiva del museo), pero en un perpetuo intento por buscar su sino en el hueco adjudicado, en relación con lo que hay expuesto en él. Es decir, el resalte de las alfombras rancias del Lázaro Galdiano en comparación con el mortecino tono de unas esculturas tremendamente realistas no pretende tal contraste evidente, sino abrirse a un dialogo conciliador, una tarea a la que ya se encomendó Roig en la Catedral de Burgos y que parece ser que hará próximamente en el Patio Herreriano.

Desde esta perspectiva, podríamos decir que se está plantando cara a una problemática actual, un desafío por acercar a dos contrarios que en muchos casos son causa de reyerta entre sus respectivos públicos. Es realmente urgente recordar la conexión del arte clásico con su hijo (que algunos toman por bastardo) contemporáneo. Abunda hoy en día la contraposición de lo que es cool y lo que “huele a moho”, o desde el otro punto de vista, lo que “es arte” y lo que “hace mi hijo con los plastidecor”.
Una vez más, el arte hace de agente autocrítico, lanza una reflexión entorno a sus propios límites y posibilidades.
Incluso en las esculturas se puede apreciar de nuevo esa comunión de lo antiguo y lo moderno, de la mezcla entre contraste y diálogo. No son Adonis musculados, sino hombres gordos, calvos, con los pantalones desabrochados, que invitan ciertamente al patetismo, y aunque su tono blanco mortecino parece no poder aspirar a la nívea piel marmórea de una estatua clásica, lo cierto es que el uno es el descendiente directo del otro.
Las comparaciones son odiosas.



Veo Veo

El coleccionista de obsesiones

Bernardí Roig

Museo Lázaro Galdiano

25 enero - 20 mayo 2013

Celia Lucia Soldado Moreno




La pérdida del “pedestal” para Bernardí Roig no solo significo el acercamiento de la obra al público y desmitificación del artista, para colmo nos hace jugar con ella. No solo tenemos que ir andando por la sala de exposiciones para contemplar su obra, sino que ahora además tenemos que buscarla como si de un juego se tratase al más estilo “Blow up”. ¿Nos estamos convirtiendo así en parte de la obra en sí?

Se nos muestra una serie de esculturas al tamaño natural realizadas con moldes del propio artista y de una caracterización muy realista y con expresiones faciales especialmente trabajadas. El momento escogido para la visita a la exposición no podría haber sido más idóneo, para que ir de día si podemos ir al caer la tarde haciendo que se cree un ambiente, una sensación de inquietud, pero también de acercamiento. Caminando por el jardín hay momentos en los que no sabes si esa persona del fondo, bajo el farolillo, se está fumando un cigarro o te está espiando, hasta que te das cuenta de que lleva en la misma postura un buen rato (y de su boca no ha salido ni una pizca de humo) es entonces cuando te das cuenta del engaño y te acercas para descubrir una escultura ciega, “cegada” a su vez por una bombilla situada encima de su cabeza literalmente. Más tarde pasas dentro del edificio, y por las diferentes salas te vas encontrando a sus hermanos gemelos, todos en diferentes posturas, pero siempre descalzos, con una gran bombilla y con una extraña obsesión por llevar los pantalones desabrochados.

Las piezas no interactúan únicamente con los espectadores, ya que nos podemos encontrar una en la entrada, como nos la podemos encontrar escondida en el túnel situado debajo del edificio donde se encuentran almacenadas un montón de las revistas “Goya”, fundada en 1954 por José Camón Aznar, en cajas amontonadas. Interactúa con nosotros, pero también con el edificio en sí. El artista trabaja tanto en los ámbitos de la escultura al natural, la escultura en plata y vitrina como en el videoarte y en el apropicionismo de otras obras.  No pasa desapercibida tampoco la sala donde están las armaduras que se hicieron especialmente para el antiguo dueño del recinto, en el centro de esta no hay nada más que un molde, el artista se desnuda ante nosotros (ya nos estaba dando pistas con lo de los pantalones), encontramos aquí un molde expuesto a modo de sarcófago abierto del que parece que ha salido corriendo uno de sus hombres. Aunque más que un sarcófago podemos intentar relacionarlo con una “armadura” más, de la cual ha huido aquello o aquel que hubiera dentro.

En otra sala nos encontramos con un video un tanto desconcertante por no decir ensordecedor y un tanto desagradable. Aquí se nos muestra la acción del artista paseando por el museo una noche completamente a oscuras, con los ojos tapados y portando un gran foco en su espalda, esta así asistiendo a la visita de su propia exposición (y del resto de obras de la galería) sin poder si quiera verla. Toda esta contraposición de hombres cegados y alógenos por todos los lados nos hablen quizás de lo ciego que se encuentra el hombre, ya que aunque porte veinte de esas luces alógenas a su espalda o las tenga enfrente, sigue cegado.
Sin darnos cuenta del juego en el que hemos entrado, vamos recorriendo todas las salas, viendo así todas las obras, que “colecciono” Lázaro en su momento, la galería de un coleccionista y en ella, un artista coleccionador de obsesiones.


Sin temor al exceso


El coleccionista de obsesiones
Museo Lázaro Galdiano. Del 25 de enero al 20 de mayo de 2013
Patricia San José García

Una constante en la obra de Bernardí Roig es el tratamiento escenográfico del espacio –heredado del barroco–, por el que todo lo que se encuentra en dicho espacio forma parte del relato –incluido el espectador, que lo activa–, y en El coleccionista de obsesiones se puede notar incluso antes de entrar al recinto del museo, cuando vemos a lo lejos colgado en lo alto de un árbol a uno de sus hombres blancos. Para distribuir sus imágenes –digo imágenes y no esculturas, dibujos o vídeos, porque así las entiende el artista– Roig apela a la curiosidad y al deseo de mirar que sentimos todos los seres humanos. Tanto sentido escenográfico como pulsión escópica, provocan que el espectador tenga que implicarse, tanto físicamente, pues se siente obligado a moverse por todo el espacio, como emocionalmente, ya que se siente incitado a mantener la atención en el relato de una manera continuada.
Hay que destacar que, aunque no todas las obras son hechas ex profeso para la muestra, Roig ha tenido que tener en cuenta el espacio del museo y sus colecciones para establecer su discurso, y es éste uno de los aspectos más interesantes de la exposición, esto es, el diálogo y la interacción que se establecen entre las obras de Roig y las de la exposición permanente del museo, que no posee obras contemporáneas. En ocasiones esta interacción se hace por medio de un guiño hacia las obras –manuscrito de Blow up que dialoga con los otros manuscritos de la sala, Acteón devorado por sus perros, hecho en plata, al igual que otras obras de la sala a la que se enfrenta, o figura en la ventana con marca de la Pasión colocada entre un cuadro de El Bosco y una vanitas– y en otras se hace a través del bloqueo de las mismas –figura que bloquea a los cuadros de Zurbarán–. Esta sensación de bloqueo e imposibilidad se siente, por otra parte, en las figuras de Roig, que tienen los ojos siempre cerrados –conformando un gesto a lo Messerschmidt–, ante una luz cegadora, que les hace en realidad ver con más claridad, como a Tiresias.
Que Roig haya escogido espacios expositivos que no están concebidos en principio para exponer –jardín, sótano, sala con armaduras, cornisa, balcón– resulta muy dinámico, porque te hace recorrer toda la extensión del museo, y es muy significativo, ya que el artista quiere enseñarnos sitios no accesibles normalmente porque sabe que sentimos una atracción irresistible por lo prohibido. En el caso de la escultura que coloca en el sótano, junto a las abandonadas revistas de Goya, pretende mostrarnos la infertilidad del conocimiento y del arte cuando queda simplemente almacenado.
El epílogo perfecto de la muestra se encuentra en una vitrina que contiene una gran cantidad de imágenes muy diversas, gracias a la cual podemos entender el proceso creativo que experimenta el artista. Él mismo explica: “Todo, absolutamente todo, es susceptible de ser triturado y reformulado de nuevo con la esperanza de que aparezca lo imprevisto. Ese imprevisto, como sustrato de toda experiencia, es un tesoro que podría ser la base de un nuevo trabajo”[1].
Al recorrer con la mirada estas “obsesiones” de Roig nos damos cuenta de que en el fondo coinciden con las nuestras: Eros y Tánatos. “Se me acusa constantemente de excesivo y obsesivo –dice Roig– porque entiendo la imagen como un condensado de experiencia incomunicada y esa convulsión desordenada posiblemente me lleve a la exageración. Los que defienden la contención dramática están fuera de mi linaje de preocupaciones. No hay que temer al exceso, posiblemente la única forma de acercarse a algo, aunque hay muchos que prefieren, todavía hoy, la ciénaga del formalismo fosilizado”[2].


[1] Yuriko Takahashi, “Bernardí Roig: un (auto)retrato del mundo”, en El coleccionista de obsesiones, Madrid, Fundación Lázaro Galdiano, 2013, p. 61.
[2] Fernando Castro Flórez, Peregrinatio: arte en las ermitas de Sagunto, Valencia, Conselleria de Cultura i Esport, 2007, p. 170.

Una nueva visión


“El coleccionista de obsesiones” por Bernardí Roig.
Galería Lázaro Galdiano – 25 enero al 20 mayo de 2013.
Cintia Cantos Carrascosa

Con esta exposición el artista mundialmente conocido Bernardí Roig, reformula y reinventa el concepto que tenemos asociado a la palabra “colección”, ya que la idea central de la muestra es el diálogo del artista con lo que significa una colección.
En nuestros años el arte es uno de los mercados que más dinero mueve y genera anualmente, debido a esto podemos decir que es muy común es encontrar propaganda sobre exposiciones, campañas de muestras que se van a realizas; otras veces oímos en las noticias la realización de una compra o venta en subastas de cuadros y colecciones de arte que valen una fortuna, intercambios y prestamos de piezas entre museos y galerías del mundo, etc.

Pero es algo arraigado en nuestra sociedad asociar la palabra arte a obras de pintura, o escultura, no se consigue ver a primera vista y pensar que el arte puede englobar muchas más cosas.
Por ello al igual que el arte contemporáneo busca la ruptura con el arte clásico y las bases preestablecidas en él, en esta exposición busca conseguir un cambio para entender la palabra colección, tanto el artista como el comisario José Jiménez intentan a través de esta muestra establecer en la retina de los visitantes la imagen primaria de que las colecciones no son un conjunto de cuadros u esculturas, sino que pueden ser tal y como define el nombre de la exposición una colección de obsesiones.

Según palabras del artista explica que sus obras “dialogan con el espacio que ocupan, ya que con su presencia activan el lugar. Se disponen en función de la arquitectura y sus elementos; los suelos, las esquinas, las columnas y la luz. La idea es que esa presencia en el espacio sea capaz de crear el vacío para que así los límites de la obra sean los límites del espacio que la contiene”.
Esta es una de las características del arte tan personal Bernardí Roig, aunque hemos de puntualizar que esta no es la primera obra en donde sus obras se funden o amoldan al espacio donde son expuesta, y no hay más que mirar un poco a sus otras exposiciones individuales donde vemos que sigue el mismo patrón como por ejemplo en Walking on Faces o Seoane.
Bernardí Roig es muy cuidado con sus obras, y debido a que busca ese amoldamiento con la arquitectura del lugar, la perfección entre obra y espacio, donde se van a ir arquitrabando es muy cuidadoso con los emplazamientos que elige, por eso que tengamos que hablar del Museo Lázaro Galdiano, lugar que escogió para llevar a cabo la obra.
Esta fundación se creó en memoria de uno de los grandes coleccionistas españoles Lázaro Galdiano quien tenía por lema que buscaba “una colección de colecciones” y es por este pensamiento que el artista se identifica con el pensamiento del difunto Lázaro Galdiano.

El comisario encargado de la exposición es comisario José Jiménez quien afirma que “el trabajo de Bernardí Roig, es el espejo diseminado de los espacios de la Fundación Lázaro Galdiano, (...) permite a nuestra mirada y a nuestra sensibilidad introducirse en la amplitud de registros que implica el coleccionismo, del deseo a la memoria, de la lucha humana con el tiempo a su plasmación en obra de arte”.
El artista consigue dar vida a la fundación, no solo por ser la primera vez que la fundación recibe una fundación de un artista vivo, sino porque al interactuar las esculturas, pinturas, luces y videos que usa Roig da vida a la fundación como si fuera un ente que siente, ve, dotándola de sentidos.


Un diálogo entre colecciones


El coleccionista de obsesiones. Bernardí Roig
Museo Lázaro Galdiano
25 enero - 20 de mayo 2013

                                                                                                                          Ágata Soto Salafranca



Siempre he considerado que en exposiciones llevadas a cabo por un artista de nuestro tiempo, la función informativa de las cartelas junto a las obras es esencial. Sin embargo, gracias a la excelente labor del comisario, José Jiménez, mediante un escrito que antecede la muestra que ofrece la Fundación Lázaro Galdiano, dichos rótulos no serían de tanta importancia.

El ganador del trigésimo séptimo Premio de Arte Contemporáneo Fundación Princesa Grace, Bernardí Roig (Palma de Mallorca, 1965), concibe ésta inédita exposición junto con el comisario José Jiménez, Catedrático de Historia y Teoría del Arte de la Universidad Autónoma de Madrid, autor de Teoría del Arte.

Titulada El Coleccionista de obsesiones, la exposición temporal se encuentra íntimamente relacionada con el espacio del museo en sí mismo y la colección permanente de éste, como un coloquio entre colecciones y espacio. Como su propio nombre indica, El Coleccionista de obsesiones se encuentran en diálogo con el entusiasmo por coleccionar de Don José Lázaro. Sin embargo, como señala José Jiménez, Bernardí Roig es otro tipo de coleccionista, ya que se dedica a recompilar obsesiones que vemos reflejadas en sus creaciones buscando la perfección de la obra, como una “búsqueda de lo imposible”.

Está compuesta por un total de dieciséis obras variadas, existen varias esculturas, un libro de luz, un collage, grabados y un vídeo. Algunas de estas piezas han sido expuestas con anterioridad, como Prácticas para ocultar un cuerpo (2009) y Ejercicios para parecerse a Fabio Zanchi (2009), ambas presentadas por primera vez en BLOW UP, en Parc Tournay-Solvay en Bruselas. Ahora las encontramos en el jardín del museo, la primera oculta entre hojarasca y matorrales; la segunda, escondida también pero como suspendida en lo alto, levitando a diez metros del suelo en un árbol a la entrada.

Sin embargo, otras obras sí han sido especialmente concebidas con motivo de ésta exposición, como otra de sus esculturas a tamaño real de resina de poliéster: Prácticas para ocupar el jardín de la FLG (2012), también a las afueras del museo. El vídeo Ejercicios de invisibilidad (2012), también fue creado para la muestra. Nos presenta un personaje ataviado con smoking en el interior del museo durante la noche. En la cabeza porta un halógeno, aunque no le sirva de gran ayuda ya que lleva los ojos cosidos, estando condenado a vagar de forma desesperante en las salas del museo. No obstante, la intención del artista no es mostrar a un hombre desesperado por no ver nada, sino a un desesperado por haber visto mucho, teniendo que interiorizar la mirada, mirando hacia adentro.

En el centro de la sala-biblioteca del museo se encuentra el libro de luz, donde aparecen varios fotograbados e imágenes de las esculturas llevadas a cabo durante los últimos años de la carrera de Roig, a modo de colección de creaciones, esculturas y recuerdos.

Por último, es imprescindible destacar la acción desempeñada por las esculturas en todo el espacio del museo, tanto en las salas habitualmente abiertas al público como en el túnel que se ha abierto con motivo de la exposición y fuera en el jardín. Estos hombres rollizos, normalmente descamisados y con los pantalones abiertos se relacionan y conectan con el espacio del museo. En ocasiones nos cortan el paso como An Illuminated head for Blinky P., the gun (2010) con un fluorescente a la altura de la boca. Es curioso como esconde la mano derecha detrás de la espalda, ocultando la posición de la mano en forma de L simulando una pistola. Otra obra inquietante es Ejercicios para chupar la luz (2012), representación de un hombre que intenta chupar una bombilla iluminada con sus manos atadas a la espalda.  Además de éstas encontramos varias obras en íntima relación con la luz y el espacio que las rodea como Perplexity Exercises. Vol. III (2006) o L’oumo della luce (2007).

To see or just to look at?

To see or just to look at?

Bernardi Roig: El coleccionista de obsesiones
Museo Lázaro Galdiano

Text: Tabea von Ow

What a great sensation: The Museo Lázaro Galdiano in Madrid, well known for its delicate collection of fine art by some of the greatest Spanish masters, allows a contemporary artist to use its premises as exhibition-space for the first time. And that is indeed a successful premiere!
In the context of the museum’s endeavour of making “coleccionismo” (collecting) a subject of discussion as a tribute to its founder and passionate collector José Lázaro Galdiano, Spanish artist Bernardí Roig’s work “el coleccionista de obsesiones” is the perfect match. The work of Roig picks up the concept of the artist being obsessed by trying to embody the collection of ideas in his mind, and at the same time expressing these obsessions in the process of making the artwork. By placing his objects – mainly simple white sculptures of men accentuated with different sources of light – in the common exhibition space or the garden of the museum, Roig integrates his art gallantly into the museum’s classical architecture and surroundings. At first sight, the unprepared visitor might not even notice the presence of an object and Roig enhances this effect by hiding or including it in the rest of the collection. For instance does he use the basement of the museum to position one of his statues, which makes the public wonder whether the way is wrong and induces a feeling of forlornness and unease. Another example for this technique is the use of a glass cabinet equal to the others in the museum with the intention to make the objects look like pieces of the permanent exhibition. And not to forget the statues outside, one of which is hanging on top of a tree and another which lies under a bush like a thrown away cadaver, both lit by a very precisely focused spotlight, not easy to be discovered and quite unsettling at first but showing the garden as an object that deserves to be regarded just as much as the inside of the building. Thus, the artist is blurring the borders between his work and the common exhibition, connecting the two worlds of the contemporary and the classical and creates a bond between what is said to be so totally different. To the visitor, the museum suddenly appears in a very different light as the artist points out to usually unrecognized places such as the basement or a hidden staircase. This is a good way to take a bit of the embossed, elitist aura that often surrounds museums, part of the reason why a lot of people don’t set foot in such locations. But according to Roig, it’s just another building after all, and no matter how noble it might be, the basement is always dark and dusty. Then again, Roig’s pieces are more complex as just to work in favour of the hosting institution. His statue blocking the way to one room of the museum for instance makes the public reflect on the use of a visit to the museum, on the necessity of just hurrying through an exhibition rapidly in order to be able to see all the artworks and every room of the place. Blocking the way makes the people want to see a place even more, a hint on mankind’s cupidity for sensation and obsession of seeing things. But does looking at something mean it is actually “seen”? Roig doesn’t give us any answers, but he asks a lot of questions – essential questions about today’s artworld, which is so rich in ideas, concepts and theories that it is refreshing to find something, that is on one hand full of sophisticated, interesting details but still keeps a plain, pure sobriety rather than to drown out the fun there should always be when looking at art, be it classical or contemporary.

La ventana indiscreta de Bernardí Roig

El coleccionista de obsesiones de Bernardí Roig
Museo Lázaro Galdiano. Calle Serrano 122
25 enero al 20 de mayo de 2013
Marta Cruces Díaz

“El artista es también un coleccionista, pero un coleccionista de obsesiones, aquellas que va plasmando en su trabajo en busca de la realización de la obra, ese impulso obsesivo hacia la búsqueda de lo imposible”. Creo apropiado comenzar esta crítica citando las palabras del comisario de la exposición de Bernardí Roig que lleva por título El coleccionista de obsesiones.

Un artista que es un verdadero maestro en el arte multi-media, enlazando la escultura, la fotografía y el vídeo. Que utiliza el voyeur como marca de producción con unas obras que parece que no deban estar ahí. La luz también es un importante elemento de su obra, tomándolo como algo que disuelve los límites.

Luces incandescentes y sombras penetrantes, la ceguera y el secreto; mecanismos que utiliza Bernardí Roig para entablar un diálogo, para llamar la atención del visitante que asiste, mudo de asombro al cambio realizado en el edificio principal del Museo Lázaro Galdiano. Es completamente sorprendente caminar por las salas en las que cuelgan cuadros del coleccionista y encontrarte una escultura del calibre de las del artista.

Cadáveres por todos lados, todos calvos y regordetes. Uno colgando de lo alto de un árbol, a la vista de cualquier espabilado que observe en el jardín; otro intentando saborear el cálido cristal de una bombilla encendida, sin darse cuenta de que seguramente sea lo último que haga; también encontramos a un pobre diablo condenado a cargar con fluorescentes…

El artista realiza una invasión en las salas del Museo Lázaro Galdiano porque no es un artista cualquiera. Lo normal en una exposición temporal es ocupar un espacio determinado, a cierta distancia de la colección, como si de ese modo se mostrara respeto por las piezas que la conforman. Bernardí Roig no lo hace de ese modo, él irrumpe en las salas estableciendo un diálogo e incluso una discusión con el visitante. En ocasiones utiliza salas que nunca se han empleado para exposición y en otras impide el paso con la escultura de un hombre devorando un fluorescente.

El coleccionista de obsesiones es una exposición que envuelve el museo y le da un recorrido que no es el usual. Comienza dándole importancia los jardines, algo corriente en la obra de Roig como fue el caso del Parque Tournay-Solvay en Bruselas, y que afianza sus raíces en la película Blow up del curioso cineasta Antonioni (al que además retoma más directamente en una obra expuesta en el Lázaro Galdiano) aunque también recuerda a la ventana indiscreta de Hitchcock. Dentro del edificio de la colección permanente, establece un camino de sorprendentes obras como una representación del mito de Acteón siendo devorado por sus perros, hasta la bajada a las profundidades de un sótano en la que un hombre, que responde al obsesivo canon de Bernardí Roig, se enfrenta a la penetrante luminosidad de una bombilla.

Lo más impactante de la exposición se nos da en forma de vídeo que se repite en bucle. En él vemos al mismo artista, caracterizado como uno de sus calvos, deambulando a ciegas por el Museo Lázaro Galdiano mientras porta un potente foco que, pese a encontrarse en un museo que cuenta con grande obras, le apunta directamente a él.

Su imagen en blanco y negro, su movimiento lento y estremecedor, y su sonido de vacío provocan escalofríos en aquel que observa al personaje serio que camina como si fuera el amo y señor de la colección aunque realmente no sea capaz de verla. Sólo nos queda plantarnos delante del panel de obsesiones de Bernardí Roig para comprender un poco más su alocada creatividad y reflexionar sobre la originalidad de su obra.