sábado, 26 de enero de 2013

La pequeña tienda de los horrores


Jorge Gómez Sierra
Crítica sobre la exposición Bernardi Roig. El coleccionista de obsesiones
(Museo Lázaro Galdiano; C/ Serrano, nº 122)

La pequeña tienda de los horrores
Renovarse o morir; expresión que habla por sí misma y que parece haberse “medio” entendido entre los  responsables del Museo Lázaro Galdiano. Y digo “medio”, sí. Por un lado han mostrado un ápice de aperturismo, se han atrevido con formas artísticas distintas a las que convencionalmente han manejado. Me refiero a la llegada de la obra de Bernardi Roig a sus espacios expositivos. La entrada en el museo de este artista ha supuesto un hecho fundamental. Una bocanada de “aire fresco” para la institución que veía modernizados algunos de sus criterios museísticos. Es primordial el hecho de no utilizar las salas de exposiciones temporales sino las salas de la colección permanente para esta muestra. Esto tiene su sentido, y es que Roig ha buscado un diálogo entre sus obras y algunas de las obras o salas de la colección permanente. Para el museo esto es algo positivo, teniendo en cuenta el estancamiento que sufre y seguirá sufriendo si no se cambian esas formas museísticas regidas por la acumulación de piezas, muchas a veces sin sentido cronológico ni estilístico.
Roig se ha salido de lo común con El coleccionista de obsesiones. Ha roto con el criterio convencional de exposición. Se busca el diálogo de lo contemporáneo de Roig,con lo que el mismo edificio pueda ofrecer tanto en exterior como en interior. La muestra no se cierra a un espacio delimitado, es “libre”, no está condicionada por ese factor. Sin duda todo esto es atrevido pero también arriesgado; quizá en algunas de sus 17 obras no se ha conseguido el perfecto diálogo, existen algunos vacíos, no todo acaba de encajar de forma correcta, hay piezas sueltas. Una tremenda sensación de desasosiego abruma mi cabeza al ver todo aquello, es desconcertante presenciar como esas 17 obras se han insertado entre cuadros de pequeño tamaño a modo de cuadros de gabinete, armas decoradas, monedas, esculturas o piezas de tapicería, entre otros objetos que guardan las paredes de este museo. Se generan contrastes muy acusados.
Dando la vuelta al asunto se puede decir que la interacción entre lo contemporáneo y lo tradicional es en alguno de los casos cordial, coherente e interesante. Por ejemplo, el tablón donde Roig va colocando los recortes que le chocan u obsesionan promueve una seductora y sutil analogía con lo que tiene a su alrededor. Esto no es algo aleatorio, sino que es algo premeditado por el propio artista. Por otro lado, es en este mismo tablón donde Roig destapa el tarro de las esencias, es donde podemos comprender mejor la mente de tal personaje. En el percibimos el gusto por el ser humano, de ahí el carácter antropocéntrico de sus obras; sin embargo, es un gusto por lo underground, por lo pornográfico o por otras facetas humanas distintas, cómicas, irónicas, etc. Su tablón no se ha colocado aleatoriamente en la sala de arriba, Bernardi Roig ha buscado una sala donde las obras de arte le produzcan una mayor fascinación y puedan ser dispuestas como “recortes”. Por eso no es de extrañar que entre las piezas de esa sala encontremos figurillas femeninas desnudas o en actitudes sugerentes.
Sin lugar a dudas se ha creado un cocktail perfecto y polémico; es una muestra que no deja indiferente a nadie, un reclamo ideal para intentar oxigenar este “anticuado” museo. Roig evoca a la atracción de lo bizarro, como si se tratase de la gran planta carnívora de La pequeña tienda de los horrores.

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