miércoles, 30 de enero de 2013

Todo es sexo y paranoia


El Coleccionista de Obsesiones – Bernardi Roig
Museo Lázaro Galdiano – del 25 de enero al 20 de mayo, 2013

Mariana Cancela Moreira Leite

El primer impacto no se olvida. Inquietante y realista, la figura blanquecina cuelga como un ahorcado del alto de un árbol del palacio de Parque Florido bajo una luz espectral atrapando el viandante.

Por primera vez, el palacio abre sus puertas sin restricciones a una invasión externa, incluyendo el túnel subterráneo que otrora servía como improvisado almacén de las revistas Goya y que ahora alberga otra escultura obesa y sufriente, entablando extraña relación con la bombilla. Pero los famosos albinos y calvos hombres de Roig, juntamente con dibujos, videos y otras curiosidades más apenas rozan la colección permanente, creando su propio discurso dentro del espacio y aportando otro valor a este museo de corte clásico. No obstante, ocho de las diecisiete obras del artista mallorquín expuestas fueron producidas especialmente para la ocasión, inspiradas por el propio lugar y con el apoyo del comisario Juan Jiménez.

No es nuevo que sus obras inunden un museo de esas características – en 2009 expuso en el Ca’Pesaro de Venecia. Pero aquí, establece una íntima relación con el carácter coleccionista del propio Lázaro Galdiano, lo que queda patente en el título de la exhibición. Nos sumerge en la sensación de que la vida se trata de un eterno coleccionar, de recuerdos, imágenes, obsesiones y nos hace plantear cómo sería si todos pudiéramos enfrentarnos a estas cara a cara y purgarlas a través del arte.

Las obras, oras escondidas por rincones, ora protagonizando salas, conciben un recorrido tumultuoso por las propias obsesiones del artista. Un indigesto video dónde él mismo, con los ojos sellados y sustentando una extraña luminaria sobre los hombros deambula a oscuras por estos pasillos del museo como si de su propia mente se tratara. Referencias al vacío y a Antonioni. Una intervención en un grabado de Rembrandt con una escultura de Giacometti traza un paralelo con su acción mientras que en un rincón, otro desdichado de color níveo arrastra fatigosamente a la espalda una ristra de neones mientras avanza deslumbrado. Patéticos y llenos de belleza, estos cuerpos inevitablemente nos provocan una instantánea abducción empática, de la misma forma que las inmortalizadas imágenes de los seres (que hoy parecen de otro mundo) de los cuadros de Goya o del Bosco con quienes comparten el espacio. La visita culmina con un portentoso tablero de imágenes de individuos de lo más variopinto. Una cartografía de sus secretos, manías y vanidades.

La exposición está plagada de cavilaciones sobre la ceguera y la visión. Sobre la luz capaz de generar la vida, pero cuya incontrolada energía puede llevar a la destrucción, y sobre la ofuscación, cuya oscuridad racional que nos conduce al delirio. Estos juegos nos remiten a las ideas del poder acaparador del ojo y de la denigración de este sentido en el arte contemporáneo, tan tratadas por Miró y por los surrealistas en general, aclamadas por los dadaístas y genialmente discutidas en la actual publicación Ojos Abatidos, de Martin Jay. Pero, sobretodo, resulta evidente la relación con los conceptos de su querido Bataille, quién no tiene miedo ni vergüenza de mirar a lo más profundo, visceral, sucio y hermoso de la raza humana. Consecuentemente, su obra funciona como un desesperado intento de catarsis, casi religioso, para luego alcanzar puramente una pequeña muerte y intentar llegar al imposible. Y, en estos experimentos, el carácter melancólico pero a la vez lúdico nos desconcierta. Pero como recuerda el autor francés, ¿quién dice que la muerte no esconde una nota tragicómica? Pues, como declara Ballard en la introducción de Crash, ‘nuestras vidas son presididas por los grandes leitmotivs gemelos del siglo 20 -  el sexo y la paranoia.’  

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